¿Te has percatado que llevamos siglos escuchando y repitiendo la icónica frase «Pienso, luego existo«, casi sin cuestionarla?
Esta frase la dijo René Descartes en el siglo XVII, cuando la civilización europea buscaba certezas, un “suelo firme” para construir conocimiento en medio de la duda, la religión y una incipiente ciencia.
En ese contexto histórico, pienso que Descartes buscaba “algo” que no pudiera ser puesto en cuestión.
Y encontró en el pensamiento un gran aliado: si pienso, no puedo negar que existo.
Brutal, ¿no?
Y desde ahí, esa frase se volvió uno de los pilares de la modernidad.
En mi opinión, el problema con esto no es lo que Descartes trató de hacer en aquella época, sino lo que nosotros hicimos después con esa idea.
Sin darnos cuenta, convertimos una creencia filosófica en una forma de vivir, de experimentar la vida.
Por que, si primero pienso y luego existo, esto significa que primero construyo una narrativa, y luego, a partir de esa historia, vivo.
Es decir, primero explico, interpreto, anticipo, juzgo, etc., y recién después -si queda espacio- experimento.
Y, a mi entender, así es como la mente pasó de ser un instrumento al servicio de la experiencia a convertirse en la “gerente” de nuestra existencia:
La que dice lo que es cierto, o no, antes de que lo descubramos en el acto mismo de vivir una determinada experiencia.
El secuestro mental de la experiencia
En mi experiencia, vivir desde la mente es vivir desde narrativas cargadas de expectativas.
Narrativas sobre quién soy, qué me pasó, qué me debería pasar, qué está bien, qué está mal, qué temo, qué deseo, o qué creo posible, entre muchas otras.
El problema con esto es que toda narrativa es siempre parcial. Está basada en la información que tengo hoy, en mis heridas, en mis aprendizajes, en mis creencias, en mis miedos, en mis condicionamientos.
En resumidas cuentas, las narrativas son solo un recorte de la realidad.
En cambio, una experiencia de vida es total en sí misma:
Ocurre aquí y ahora, en el momento, y se vive con todo el cuerpo. Por eso, no necesita explicación para ser real.
A lo largo de mi experiencia laboral, he visto esto una y otra vez -y también lo he visto en mi misma-, personas atrapadas en narrativas «añejas» que ya no les sirven para avanzar, pero que siguen gobernando cada decisión tomada, cada vínculo habitado, cada miedo irracional que paraliza.
Y claro, una de las funciones de nuestra mente es protegernos … el problema es cuando termina secuestrando(nos) la experiencia.
Si reflexionas sobre tu mente, y su preponderante lugar respecto de otras formas de percibir la realidad (por ejemplo, con tu cuerpo y sentidos), notarás que ineludiblemente cualquier experiencia particular de vida queda filtrada, condicionada, recortada o, inclusive, directamente anulada cuando ésta no está en sintonía con tu narrativa de turno (disonancia cognitiva). A todos nos ocurre.
Genuinamente, la mente no nos permite vivir lo que ocurre. Por el contrario, vivimos lo que pensamos que ocurre.
Y ahí es cuando la vida se vuelve repetitiva, predecible, estrecha. No porque la vida en sí misma lo sea, sino porque nuestras narrativas la reducen.
¿Y si el orden estuviera invertido?
Esta reflexión llegó a mí no como una idea, sino desde mi propia experiencia.
Algo comenzó a sentirse distinto.
Observé que cuando mi mente toma el control y dirige, las posibilidades para mi vida se estrechan.
Pero, cuando me permito vivir una determinada experiencia sin explicaciones a priori, sin narrativas, algo se abre.
Y así fue como comenzó a emerger una nueva verdad ontológica para mí:
si vivo una experiencia libre de “guión”, de narrativas, puedo percibir una mayor variedad de matices en una determinada situación y, además, puedo vivirla con mayor libertad.
Un claro ejemplo de esto nos lo enseñan los niños. Los niños y niñas primero “son” (actúan) y luego, si es necesario, piensan.
A esta forma de vivir la he llamado -a falta de un mejor nombre- poner el cuerpo por delante.
En mi opinión, para experimentar sin narrativas mediadoras necesitamos al cuerpo en su totalidad.
En este sentido, no se trata de negar la mente ni de silenciarla a la fuerza (como propone la new age), sino de reubicarla en su verdadero lugar.
Cuando «existo, luego pienso» el cuerpo va por delante, y cualquier experiencia que viva ocurre sin la mediación inmediata de la mente.
Así, la mente deja de cumplir el rol de explicar o controlar, y se dedica a observar, registrar y acompañar.
Desde este lugar el rol de la narrativa cambia, no porque lo fuerce sino porque nace luego de haber vivido (y no al revés).
Una nueva cosmovisión, no una técnica
«Existo, luego pienso» no es una técnica, ni una receta o un método de moda, es algo mucho más profundo.
Considerando las enseñanzas de Don Juan Matus (transmitidas por el antropólogo peruano Carlos Castañeda), esta perspectiva es un cambio de eje, un cambio ontológico, para experimentar la realidad.
Lo desafiante de todo esto es que solo es posible alcanzar el cambio de eje si hacemos “la chamba interna”, si el cambio ocurre dentro nuestro.
De lo contrario, nos quedamos solo en la idea y volvemos al punto de inicio: la mente (narrativa) por delante.
Pasar de vivir desde la mente a vivir desde la experiencia implica soltar una ilusión muy profunda y persistente:
creer que pensar nos garantiza control, seguridad o sentido.
Y lo cierto es que no lo hace, solo nos garantiza coherencia mental (incluso cuando esa coherencia nos enferma).
Para mí, aprender a vivir desde la experiencia –desde el “soy” y no desde el “pienso”– no ha sido algo simple. De hecho, me ha resultado bastante incómodo y extraño.
Sin embargo, vivir con el cuerpo y con presencia la experiencia misma, me ha permitido ser más genuina, más honesta, más creativa, más real, más yo.
Disclosure
No escribo esto para convencerte de nada.
Lo escribo porque es parte importante de mi propio proceso evolutivo.
Lo escribo porque es otra forma de vivir esta experiencia humana, y deseo compartirlo con quien lo necesite.
Si estas ideas han resonado contigo, en mi e-book “Mi mente y Yo. Notas sobre la (des)identificación de una mente” profundizo estos temas a partir de mi propia experiencia, y de algunas ideas de grandes maestros como el psiquiatra suizo Carl. G. Jung y el chamán yaqui Juan Matus,
Tal vez, no existimos porque pensamos.
Tal vez, pensamos porque existimos.

