Como te conté en mi bitácora anterior, hace un tiempo comencé a experimentar nuevas vivencias (entrada: «Pienso, luego existo» Descartes y el error moderno).
Y, tomando las enseñanzas de Don Juan Matus, las relacioné con un proceso interno de “cambio de eje”.
Experiencialmente, se siente como si algo en mí, muy silenciosamente, hubiera dejando de vivir desde mi mente.
Como si mi vida y mi existencia ocurrieran de una forma más corporal, más sensitiva. Ya no como una narrativa previa, sino por medio de mis sentidos sensoriales y extrasensoriales.
Es cualitativamente otra cosa.
Mi mente se siente más calmada, más presente, más consciente de cada momento.
Cuando la mente era gerente de mi existencia
Como te conté en la entrada anterior, durante gran parte de mi vida viví en modo «Pienso, luego existo», es decir, con la mente por delante.
Una suerte de mandato inconsciente en el que primero se explica o controla, y luego se vive (muchas gracias Descartes por ello 😅).
Mi mente era una especie de gerente interno: ordenaba, interpretaba, advertía, anticipaba, calculaba, protegía.
Y sí, muchas veces fue útil, pero ¡que agotador! 🥵
Porque, finalmente, cuando la mente dirige la vida se vuelve un subproducto, una experiencia mediada. No se vive directamente, no se habita, se traduce.
Algo comenzó a caer en mí
Ocurrieron ciertas cosas pequeñas pero profundamente reveladoras, cuando les presté la atención necesaria.
Por ejemplo, tuve sueños sobre situaciones complejas que viví, pero con “final alternativo”. Escenas antiguas que oníricamente se cerraron sin esfuerzo, y de la forma en que me habría gustado hacer pero que no pude (Entrada: Cuando los sueños cierran lo que no pudimos cerrar).
También, conversaciones familiares que, por primera vez, no nacieron de la rabia sino desde una nueva verdad, libre de juicios, más comprensiva.
Sensaciones corporales nuevas, y algo curiosas, para mí. Por ejemplo, una fuerte concentración de energía en la planta de los pies y en la palma de las manos, como si algo se estuviera activando desde adentro.
Y frente a todo esto, por primera vez, no pensé, no analicé.
Solo me dediqué a estar ahí. Sin juicios, sin etiquetas, sin análisis, sin narrativas.
El cuerpo como eje
En base a estas experiencias personales, y otras varias más, siento que esto es lo que empieza después que mi mente se reubicó.
No una vida sin pensamientos, eso es imposible, sino una vida donde el pensamiento ya no secuestra la experiencia. Viene luego de ella.
Mi cuerpo empezó a expresarse, al igual aquella parte de mi mente silenciada, el inconsciente, cada una con sus propias formas y lenguajes.
El cuerpo y el inconsciente no argumentan, no narran, porque no necesitan justificar. Son -en sí mismas- experiencia total.
Y cuando yo logré percibir esto, pude sentir cómo algo profundo en mi cambió sin esfuerzo.
No porque todo se hubiera resuelto, sino porque ya no es necesario explicar o anticipar nada, basta solo con estar presente.
No es color de rosa ... toca aprender a confiar en la incertidumbre
Todo este cambio de eje ocurre en una época de mucho movimiento en mi vida personal y laboral.
Estoy en un momento de transición enorme: mudanza de país, Consciencia 21 en nacimiento, decisiones, cierres y nuevos comienzos.
Y, paradójicamente, percibo que lo que crece en mí no es miedo o necesidad de control frente a la incertidumbre de toda esta transición.
Es una forma desconocida de confianza.
No es certeza ingenua. No creo que todo va a salir perfecto.
Es más bien una nueva actitud interna.
Una actitud de no interferir, de no apresurar, de no vivir desde la ansiedad mental de “tener que saber todo antes de …”
Hay algo profundamente humano, casi animal, que siento en el cuerpo cuando acepto que no entiendo ni sé del todo lo que está ocurriendo, pero que aún así puedo avanzar y no paralizarme frente a la incertidumbre.
Es como si una inteligencia más primigenia estuviera actuando.
Quizás esto sea existir, realmente.
Quizás esto es solo el comienzo …
Percibo que estoy habitando un territorio nuevo de mi existencia.
No es algo espiritual, ni sutil. De hecho, se siente muy concreto, muy humano, muy animal.
Mi cuerpo se ha vuelto la brújula, el que percibe la realidad.Y mi corazón, el que dirige.
Y en esta nueva danza, el presente es suficiente.
Quizás de esto se trata el «después de la mente».
Se trata de recuperar una forma más original, más encarnada, y libre de habitar la vida.

