El Arquetipo del mártir según Carl G. Jung: cuando ayudar a otros se vuelve evasión

Durante años pensé que ciertas reacciones mías, como irritación, distancia, batería baja o cansancio profundo frente a ciertas personas, tenían que ver con diferencias de carácter, de madurez o de conciencia.

Y si bien algo de esto hubo, hoy observo que había algo más profundo operando ahí.

Algo de naturaleza más inconsciente. Algo como arquetípico.

Carl G. Jung habló de los arquetipos como patrones universales que habitan el inconsciente colectivo, y que se expresan en nuestra vida a través de actitudes, elecciones y repeticiones.

No son ideas abstractas ni “roles” que uno elige conscientemente, sino fuerzas vivas que, cuando no están integradas, nos gobiernan silenciosamente desde las sombras.

Uno de esos arquetipos -aunque no siempre aparece con este nombre literal en la teoría de Jung- es el de mártir.

Este arquetipo lo podemos identificar en aquellas personas que viven para salvar, sostener o cargar con otros, muchas veces a cosa de sí mismos. Pero no desde el amor genuino, sino desde una mezcla inconsciente de dependencia, control y evasión.

¡Los sueños al rescate!

Últimamente mis sueños se han vuelto una gran fuente de inspiración para mí, por lo que aprovecho de compartir lo que voy descubriendo y aprendiendo a través de ellos en estas bitácoras personales.

Hace unos días tuve un sueño muy vívido.

Recuerdo que estaba con un grupo amplio de personas en una especie de gran habitación. Y ese lugar estaba lleno de torres con distintos objetos apilados: cajas, muebles, periódicos, papeles.

De pronto, todo en ese lugar colapsaba. Las torres apiladas caían, y muchas personas quedaban atrapadas debajo.

Extrañamente, a mí nada me ocurría.

En el sueño, mi primer impulso fue pensar que debía ayudar a esas personas, levantar todo, rescatarlas.

Pero, curiosamente, no lo hice de inmediato.

Recuerdo que en ese momento sentí mucha somnolencia, y me fui a dormir.

Más tarde, cuando desperté de esa “siesta” y finalmente intenté ayudar moviendo todo, me llevé la sorpresa de que no había nadie.

Esas personas no estaban muertas, simplemente habían «desaparecido» de debajo de esos escombros. No estaban,  supuestamente, aplastadas. Habían cambiado de realidad.

Este extraño sueño llegó, curiosamente, después de días en que me sentía especialmente irritada frente a la presencia de ciertas personas.

Particularmente, percibía irritabilidad en presencia de personas que parecen funcionar a partir de un patrón de comportamiento bastante común: una suerte de dependencia infantil, de buscar «desesperadamente» a un tercero para que llegue darle sentido, dirección o cuidado a sus propias vidas.

Personas que, según yo, no logran realmente hacerse cargo de su propia existencia.

Y este sueño me mostró algo significativo de este asunto.

El patrón de "salvadora" y su raíz en mi inconsciente

Reflexionando sobre mi propia historia, reconocí algo bastante incómodo pero revelador.

Durante mucho tiempo me vinculé con personas que estaban, de alguna u otra forma, “más abajo” que yo -ya sea emocional, vital, económica, social, cultural o simbólicamente-.

Me percaté además que, de alguna u otra manera, yo buscaba personas así.

Personas a las que yo podía entonces ayudar, orientar o sostener.

Ahora comprendo que esa «posición» me daba una suerte de identidad y propósito.

Pero también, que me permitía algo más sutil: no ocuparme del todo de mi propia vida. Mientras «resolvía la vida de otros», tenía motivos para postergar la mía.

El arquetipo de mártir no es noble, aunque lo parezca.

Es cómodo, realmente.

Porque deja entrever que siempre hay alguien más urgente que uno mismo. Y esto fue precisamente lo que el sueño me reveló.

Había personas que, supuestamente, necesitaban “ser rescatadas”, pero ello no era más que una ilusión que yo misma proyectaba. Las personas no estaban debajo de los escombros. Nunca lo estuvieron.

Y lo que realmente ocurría es que era yo quien necesitaba atención, y descanso de ese patrón que gobernó por mucho tiempo mi forma de actuar.

La irritación fue mi señal

Al reflexionar sobre estas personas de mi entorno cercano, y no tan cercano, me percaté de que lo que realmente me incomoda no es la actitud -finalmente, cada quién es lo que es, y este mundo es lo suficientemente variado para que convivamos una amplia gama de formas de ser, y porque yo no soy quién para juzgar- sino lo que la presencia de estas personas activa en mí.

Ese viejo impulso de intervenir, de hacer algo, de “arreglar” y, al mismo tiempo, una resistencia profunda a hacerlo.

El sueño me mostró esto con brutal claridad. Yo no hice nada por levantar lo que se había caído, no rescaté a nadie, y el mundo no se acabó.

Simplemente, esas personas de mi sueño siguieron otro curso. Al igual que como ocurre en la vida real.

Y, ¿qué hago con este arquetipo tan fastidioso?

En la psicología junguiana, el trabajo interno respecto a los arquetipos consiste no en eliminar aquello que no nos gusta -como es el arquetipo “mártir”-, sino en hacerlos conscientes para que dejen de gobernarnos.

Por ejemplo, cuando el arquetipo de mártir opera desde la sombra -es decir, de forma inconsciente- uno nota que vive cansado, resentido, desconectado e, incluso, vacío.

Pero, cuando un arquetipo es reconocido e integrado, ocurre algo muy distinto.

Hay responsabilidad personal, límites claros y amor propio.

En mi sueño esto lo observo cuando, escuchando mi cuerpo, decido irme a dormir sin culpa -en vez de tratar de rescatar a esas personas que, simbólicamente, representan formas dependientes de existencia-.

Una reflexión más profunda, a partir de esta anécdota onírica, me permitió ver que no estoy aquí para salvar a nadie.

Cada ser humano tiene su propio proceso, por lo que intervenir -incluso cuando es con buenas intenciones- puede llegar a ser una forma sutil de violencia … y de evadir la responsabilidad por la vida propia.

Yo diría que salir del arquetipo de mártir es aceptar algo simple y radical: solo mi vida es mi responsabilidad.

Y, curiosamente, cuando tomo conciencia sobre esto, también desaparece la culpa.

Ya no necesito huir de esas personas “dependientes”, ahora puedo observarlas, comprenderlas, y no involucrarme.